Condicionamientos estructurales de la crisis actual de la democracia

Written by Julio Echeverria*

Published by 𝗥𝗲𝘃𝗶𝘀𝘁𝗮 𝗔𝗻𝗱𝗶𝗻𝗮 𝗡°𝟭𝟮. Universidad Andina Simon Bolivar, Quito, Ecuador

Julio Echeverría, politólogo y profesor universitario, analiza en este ensayo cómo la crisis de la democracia está arraigada en los condicionamientos estructurales de la globalización deslocalizada. Frente a la pérdida de soberanía de los Estados nacionales y el debilitamiento de las instituciones democráticas, el autor constata que emergen los neopopulismos con sus formas de liderazgo plasmadas en figuras carismáticas y autoritarias que pretenden reconstituir el poder estatal, vaciando de sentido a la misma democracia.

Date of publication: September 2025

Desde la última década del siglo XX, pero más clara mente en este primer cuarto del siglo XXI, estamos atestiguando el cierre de un ciclo político, el de la caída de la centralidad del Estado nación. La actual crisis de la democracia solamente puede ser entendida si partimos del reconocimiento de las alteraciones globales que han estado sufriendo los sistemas políticos y las economías nacionales, justamente a partir de la centralidad que asume este fenómeno.

Si bien en los últimos años presenciamos la reaparición de tendencias nacionalistas que apuntan a regresar a las lógicas de los Estados y los mercados nacionales, la tendencia de fondo, aquella que marca la estructura de la economía y de su funcionamiento, es innegablemente de carácter global y es posible que se trate de una tendencia que no tenga retorno.

Desde inicios de los setenta y ochenta del siglo pasado, con el advenimiento del llamado neoliberalismo, impulsado por Ronald Reagan en Estados Unidos, Margaret Thatcher en Reino Unido y Augusto Pinochet en Chile, la apertura de mercados convivió con la reducción de control de las economías ejercida desde los Estados nacionales. Desde entonces, el Estado y la sociedad se han desnacionalizado de manera intermitente pero sistemática. El punto más alto de este proceso ha sido la deslocalización de las economías. La producción industrial se ha fragmentado en múltiples procesos diversificados y deslocalizados geográficamente. El producto final pasó a depender del funcionamiento de cadenas de suministros que requieren de alta coordinación y seguridad transaccional. Concomitantemente con esta tendencia, se producía la llamada Revolución comunicacional e informacional, la cual se alimentaba y, a su vez, retroalimentaba los procesos globalizadores. Para inicios del siglo XXI estaban ya trazadas las líneas de lo que más tarde sería la economía digitalizada, que se reproduce sobre la acumulación de datos y su procesamiento acelerado por las incesantes innovaciones computacionales. Esta acción combinada genera procesos paralelos de alta complejidad: alta movilidad y dinámica de los capitales financieros que dominan sobre los capitales productivos; incremento de las brechas de inequidad a nivel global y, con ello, aumento de las migraciones que resultan del vaciamiento de las sociedades y las economías locales. Los impactos de estos fenómenos inciden gravemente en las condiciones sociales globales, que se ven seriamente afectadas en sus capacidades de reproducción.

Al finalizar la segunda década del siglo XXI, aconteció un fenómeno imprevisto, pero de graves consecuencias para las lógicas de la globalización: un virus descontrolado que apareció en la ciudad de Wuhan, en China, se desplegó por todo el planeta en el transcurso de pocos meses. Su impacto fue devastador para las economías deslocalizadas, que se vieron seriamente afectadas por la detención de la movilidad a la que obligó el contagio.

Parecía que, de alguna manera, la tendencia globalizadora frenaba o cambiaba su curso. Sin embargo, y contrario a todo pronóstico, la pandemia de COVID-19, lejos de contenerlo, aceleró el fenómeno. Los procesos que ya se venían madurando con la globalización deslocalizada cobraron particular impulso con la pospandemia; la pandemia los apresuró sobremanera, cuando en el momento de su presencia avasalladora parecía que lo contrastaba radicalmente.

¿Qué derivaciones trae la aceleración de esta lógica de la globalización deslocalizada en la vida de la democracia? ¿Cómo entender la expansión del fenómeno populista y la afectación del principio de la logocracia deliberante que caracteriza a la democracia? ¿Cómo esta afectación incide en la lógica de los nuevos conflictos políticos, en la creciente precarización de la vida política y su peligrosa deriva hacia la cartelización, la narcopolítica y la creciente inseguridad de la vida social? En los acápites que siguen, acumulamos argumentos que nos permitirán acercarnos a las respuestas.

 Deslocalización y conexiones globales

Por un lado, la deslocalización económica y productiva aceleró las conexiones globales, realimentando las innovaciones tecnológicas y las migraciones que atraviesan la geografía planetaria; incrementó el comercio y los viajes, el transporte náutico y aéreo, pero también las transacciones en línea; se dio un colosal crecimiento de economías transnacionalizadas en un contexto de incrementada asimetría en la distribución del ingreso a escala global.

Por otro lado, la aceleración tecnoproductiva y la ampliación del comercio global han incrementado los índices de contaminación y destrucción ambiental hasta límites que ponen en riesgo la vida en el planeta.

La deslocalización ocurre para ganar en competitividad, evitando o saltando las regulaciones que protegen la fuerza de trabajo. La deslocalización transfiere fases de los procesos productivos de mayor intensidad en composición de mano de obra, a economías donde los costos laborales son más bajos, lo que incrementa los márgenes de ganancia.

La economía posnacional está seriamente condicionada por el capital financiero. Los procesos productivos dependen más del endeudamiento, con lo cual se produce una cada vez mayor e incremental transferencia de recursos desde la producción hacia el sector financiero. Toda economía mantiene rangos de endeudamiento que son relativos a su nivel de productividad. No hay economía que pueda escapar de esta condición, lo que hace que la deuda sea un componente esencial del sistema económico. La lógica financiera apunta no tanto a la eliminación de la deuda, sino a que esta sea atendida y pueda mantenerse bajo parámetros aceptables.

Estas tendencias inducidas por la globalización deslocalizada terminan configurando una lógica estructural relativamente inmune a cualquier operación que quiera contrastarla:  el ajuste de las variables financieras y laborales será permanente, el capital financiero requiere del endeudamiento y del funcionamiento de la producción deslocalizada. De esta forma se mantienen y reproducen transferencias de rentabilidad hacia el sistema financiero, que hacen posible el funcionamiento de la economía y la producción, al tiempo que se disciplina el cuerpo social en función de la productividad y de la eficiencia sistémica.

La pandemia de COVID-19 y su poder de reconfiguración

El sorpresivo y avasallante aparecimiento de la pandemia de COVID-19 puso en claro las vulnerabilidades que desataba el modelo de desarrollo sustentado en la lógica de la deslocalización productiva, sus efectos en el deterioro ambiental y en las aglomeraciones urbanas que resultaban de la alta movilidad migratoria. Por un lado, la zoonosis —transmisión del virus de animales a humanos— encendió las alertas sobre la vulnerabilidad del ambiente natural expuesto a lógicas extractivistas que exterminan bosques y vida animal; por otro lado, la pandemia obligó a la detención y, en muchos casos, a la ruptura de las cadenas de suministro de los procesos productivos deslocalizados, lo que afectó a la industria en todas sus líneas de producción. La economía global se vio sometida a una suerte de detención brusca, sufriendo un colosal arresto recesivo.

La suspensión y, en muchos casos, la ruptura de las cadenas de suministro por efecto de la pandemia condujo a pensar en reducir la voracidad extractivista y la aglomeración masiva; la utopía del decrecimiento apareció como la única con capacidad de detener el deterioro ambiental y reducir la precarización social de la globalización. Pero junto a esta toma de conciencia global comandada por la misma gestión industrializada de las vacunas, pronto se abandonó cualquier consideración de esa naturaleza. Pasados los efectos devastadores de la pandemia, la economía retomó su dinamismo; sin embargo, los problemas relativos al control y la gobernanza de la deslocalización se han mantenido, dando paso a nuevas condiciones de complejidad.

Como toda crisis, la pandemia permitió observar la alta vulnerabilidad del modelo económico, pero desató, a su vez, tendencias innovadoras que pronto se demostrarían irreversibles. La pandemia fue el mejor estímulo para la generalización de la comunicación digitalizada. El trabajo a distancia y las transacciones económicas digitalizadas se volvieron de uso corriente, lo que dinamizó la financiarización de la economía.

La innovación tecnológica que ya se venía produciendo en torno a la digitalización se aceleró en la pospandemia. La economía se digitalizó, la inteligencia artificial emergió como plataforma que incrementa los márgenes de rentabilidad, al tiempo que ha obligado a reestructuraciones sociales y productivas que profundizan las asimetrías y las desigualdades sociales. Al mismo tiempo, la comunicación digitalizada vuelve altamente eficientes las transacciones de la economía informal, dado que esta escapa con mayor facilidad de controles o regulaciones. Su impacto en conductas e identidades sociales es cada vez más incisivo, trabaja con imágenes que aceleran los cambios de percepción de actores que ahora están más conectados a las lógicas globales, pero, al mismo tiempo, estructuralmente desarraigados de sus localidades y territorios.

Nueva politicidad y tensiones geopolíticas

El impacto de la pandemia no se pudo apreciar lo suficiente, sino cuando se superaron sus efectos letales y se logró «volver a la normalidad». El impacto recesivo fue de grandes proporciones: el PIB global se contrajo en alrededor del 3,1 %. Según el FMI, las economías avanzadas como Estados Unidos y la Unión Europea sufrieron recesiones abruptas, el comercio mundial cayó en aproximadamente un 8,5 % en 2020, el turismo internacional se desplomó un 74 %. Los gobiernos implementaron políticas fiscales de emergencia como subsidios al empleo y transferencias directas a empresas o a sectores vulnerables, lo que incrementó los déficits fiscales y la deuda pública —98,9 % del PIB global para el 2020, según el FMI—. En las economías emergentes y en vías de desarrollo, el impacto fue igualmente desastroso, en particular en las economías más vulnerables, lo que incentivó los procesos migratorios y el virtual arrasamiento de los tejidos sociales. Si bien la economía pospandemia se estabilizó, el costo fue el incremento de la deuda global y el consecuente debilitamiento de los procesos productivos y su dependencia de las lógicas financieras.

Estas nuevas condiciones derivadas de la pandemia generaron nuevos conflictos y realineamientos geopolíticos. La respuesta más lógica apuntaba en dirección a regresar sobre las lógicas nacionales de acumulación, en búsqueda de recuperar la soberanía sobre los propios procesos productivos. Una solución fácil de proclamar, pero difícil de alcanzar dada la magnitud de la deslocalización con la cual trabaja la economía global. El nuevo nacionalismo emerge bajo forma populista, mientras el desarreglo social global se agudiza.

Las consecuencias del fenómeno son altamente complejas. La pérdida del tejido social es el terreno más idóneo para el surgimiento del crimen transnacional y de la violencia; la trata de personas y los delitos asociados al narcotráfico contaminan instituciones y ponen en serios problemas a las debilitadas entidades de las democracias nacionales. La inseguridad se vuelve el problema de más difícil control y evidencia el rebasamiento de soberanía que sufren los Estados nacionales. La violencia y la inseguridad se instalan y, con ello, la relación social se ve atravesada por el miedo, que se convierte en una semántica generalizada.

Los neopopulismos apuestan por la reversión a la lógica anterior centrada en la concentración de poder estatal, regresar al proteccionismo de los mercados internos, apostar por liderazgos fuertes que puedan canalizar esta reconfiguración. Lo mismo ocurre en el enfrentamiento a la violencia y la inseguridad. La tendencia dominante privilegia expedientes represivos y bélicos sobre la recuperación del tejido social, porque la economía en los territorios ya no responde a planes o a estrategias sostenidas de reactivación y crecimiento. En este contexto, la operación de regreso a la planificación de una economía sostenida en sus bases parecería no funcionar porque las conexiones sistémicas están rotas. La economía ha consolidado procesos deslocalizados y su desmontaje supondría un shock recesivo que tampoco parecería ser viable.

Con la emergencia de los nacionalismos soberanistas emergen nuevos enfrentamientos interestatales por copar zonas de influencia. Soberanía es control de los recursos energéticos y consolidación de áreas geopolíticas; es también aplicación de «mano dura» para contener la disrupción migratoria; la bandera nacionalista se pone a la orden del día. La victoria de Donald Trump en Estados Unidos y de las ultraderechas en Europa lo confirman; reposicionamientos geopolíticos conviven con nuevas lógicas de los conflictos atravesados por la criminalización y la destrucción de los tejidos sociales. La política tiende a la cartelización, la forma que mejor se adapta a los flujos de poder desatados por la deslocalización. La política es negocio y su financiamiento es crucial al definir los procesos decisionales; el negocio de la política convive mejor con la lógica de la cartelización, con la cual trabajan las economías del narcotráfico y del crimen transnacional, lo cual advierte sobre la gravedad de la narcopolítica.

El primero de los enfrentamientos pospandemia fue la invasión de Rusia a Ucrania. La «operación especial» pretendía recuperar la primacía del Imperio ruso que había sido desbaratada con la caída de la URSS. La resistencia ucraniana ha involucrado al resto de Europa, que ha asumido el golpe como un ataque a su soberanía, pero su capacidad de respuesta se ha visto progresivamente erosionada y condicionada por la misma lógica soberanista que ha empezado a posicionarse.

Por su parte, China ha emergido con más claridad como actor geopolítico global. Si interiormente se venía fortaleciendo y replicando las innovaciones de Occidente en la producción de tecnologías digitalizadas, hoy su presencia en la nueva economía digitalizada tiende a ser determinante. La pospandemia define también el espacio para la emergencia de un actor social globalizado altamente vulnerable, desarraigado de sus territorios.

La crisis de las instituciones de la gobernanza global puesta de manifiesto en l guerra de Ucrania se vuelve patente y se evidencia en la incapacidad de control de los nuevos conflictos globales; el genocidio y virtual exterminio de la población de Gaza instrumentado por Israel lo confirma. Pero la deflación de la política se ve con claridad también en la inducción de violencia que afecta a regiones enteras y que se propaga bajo «lógica de red» a todos los países del planeta, justamente a partir de la crisis de soberanía de los Estados y las débiles o inexistentes instancias de gobernanza nacional y transnacional.

La innovación tecnológica sobre la que se desarrolla la globalización en esta fase abre nuevos desafíos. La disputa por el control de materias primas requeridas por las nuevas tecnologías y la competencia desatada por la guerra algorítmica definen las lógicas del desarrollo económico y civilizatorio. ¿Estamos frente a un nuevo ciclo de la globalización, ahora basado en la integración digital del mundo? ¿Qué acontece con la democracia en medio de esta nueva configuración?

La democracia en la posglobalización

En la nueva realidad sociopolítica global, lo que se ve mayormente afectado es el paradigma democrático que se afirmó con los Estados nacionales, la lógica de la representación y de la deliberación como método para la construcción decisional. La logocracia deliberativa, la idea de que es posible canalizar la participación social en la toma de decisiones mediante la discusión libre entre plurales posicionamientos políticos; de que es posible construir colectivamente la razón pública y que, para hacerlo, es necesaria la canalización institucional mediante filtros que procesen la diversidad de intereses y construcciones de valor. La necesidad de evitar la entronización excluyente de un interés sobre los otros, al tiempo de mantener abierta la posibilidad de expresión de sus posturas diferenciadas.

Con la revolución moderna se instauró la asamblea representativa como espacio para la deliberación y la construcción decisional, así como determinar su autonomía frente a los demás poderes, el Ejecutivo y la administración de justicia, instaurándose así el principio de la división y autonomía de los poderes públicos. Un diseño complejo no solo por su armazón organizacional, sino, sobre todo, por el andamiaje cultural que refiere a su aceptación por los actores sociales y la ciudadanía. La modernidad política se apoya en el paradigma del logos deliberativo, donde la autonomía de los poderes y el imperio de la ley lo vuelven posible. Es justamente este paradigma el que está siendo fuertemente tensionado en la actual coyuntura global.

La ruptura con el paradigma del logos deliberativo se dio en la historia moderna con el aparecimiento del totalitarismo nazi-fascista y con los populismos clásicos. Ahora esos fantasmas vuelven a aparecer en un contexto institucional modificado: el de la globalización y la deslocalización de los procesos económicos y productivos. La democracia ahora debe transitar desde su configuración a escala de Estado nacional a otra de más compleja articulación, la de la gobernanza supranacional.

El poder se ha transnacionalizado y las instituciones que lo regulan deben hacer lo mismo. Los Estados nacionales difícilmente ejercen soberanía sobre los procesos económicos deslocalizados, peor aún sobre las lógicas de los delitos transnacionales. La deslocalización requiere conectar procesos. Para ello, se vuelve imperativo el establecimiento de premisas regulatorias globales, estipulaciones contractuales, acuerdos de comercio, pero también de estrategias compartidas de seguridad que enfrenten y reduzcan los conflictos. De igual forma, como la posdeslocalización altera los equilibrios geopolíticos entre los Estados, su afectación trastoca las lógicas deslocalizadas de las redes del delito transnacional. La volatilidad financiera requiere seguridad jurídica; por ello, el indicador de riesgo país se convierte en un parámetro decisivo para promover la traslación del financiamiento a la producción. De igual forma, el control del poder y la gobernanza sobre los nuevos conflictos requiere el fortalecimiento de la democracia transnacional.

Esta línea de la institucionalización global actualmente está siendo contrastada por neopopulismos de izquierda y de derecha. El neopopulismo se diferencia del populismo en su grado de radicalidad al momento de contrastar las democracias. Si el populismo clásico emerge como síntoma del deterioro de la democracia, como denuncia de su ineficacia decisional, el neopopulismo contemporáneo aparece como operación deliberada de desmontaje de las instituciones que protegen al logos deliberativo.

Amparados en la demagogia de una razón ascendente que proviene del pueblo como entidad abstracta, los neopopulistas arremeten con las instituciones para implantar justicia como mandato inapelable. Líderes carismáticos se autoproclaman como quienes encarnan esta racionalidad. Su política es reaccionaria, quieren regresar al poder del Estado nacional no para contrastar la desconfiguración que caracterizó a la lógica de la deslocalización económica y productiva, sino para servirse de ella.

El ataque está dirigido no solo a las instituciones que procesan la participación y controlan al poder político, sino a la misma lógica que debería regular las transacciones económicas, la disciplina fiscal, los acuerdos y regulaciones que únicamente pueden ser respetados si rige el principio que los resguarda, el de la división de poderes y del imperio de la ley, que debería normar las relaciones estatales y supraestatales.

Para el neopopulismo, la soberanía del Estado solo puede estar en manos del líder carismático que comanda la recentralización. Las leyes se decretan por el líder, que es quien encarna esa voluntad expresada en las urnas. Nicolás Maduro, Donald Trump, Javier Milei, Vladimir Putin lo encarnan, y quisieran reinstaurar viejas hegemonías: la Rusia de Putin, dirigida a rearmar la proyección imperial de la ex Unión Soviética, o la de Trump y su narrativa de Make America Great Again. Pero también el surgimiento de otras potencias emergentes con vocación imperial, en particular China, cuya penetración en África y América Latina es cada vez más intensa. Sus liderazgos se afirman al costo de suspender o eliminar la democracia del logos deliberativo. Sus dinámicas rebasan sistemáticamente los dispositivos institucionales, los cuales son vaciados de sentido o se vuelven estructuras porosas que viabilizan los flujos de poder de potestades indirectas, que se fortalecen porque sortean esos dispositivos institucionales. Nuevos liderazgos que no están para pacificar-reducir las guerras entabladas por estas potestades indirectas; al contrario, son utilizados por estas para incrementar sus acumulaciones de poder.

Frente a la presencia disruptiva de estas fuerzas, la institucionalidad que protege al logos deliberativo es sistemáticamente tensionada y penetrada, obligada a trabajar en paralelo a las nuevas lógicas institucionales producidas por estas potestades indirectas. El principio-conquista de la modernidad institucional, que es la división de poderes, termina siendo la única garantía para la vigencia de los principios modernos de libertad e igualdad, solo que ahora el marco de su afirmación es el de la globalización y la deslocalización, el de su resignificación democrática. La deslocalización amplió los márgenes de expresión de nuevos actores y nuevos derechos que emergieron con la deslocalización, advirtiendo las vulnerabilidades que esta desata en los cuerpos sociales —ecologismos, feminismos, ancestralismos—, que expresan el desarreglo y la alta vulnerabilidad de la transformación global, una hipersensibilidad social que se activa en la nueva plataforma tecnológica de la digitalización computarizada y algorítmica. Esta emerge como nueva estructura de reproducción del capitalismo, pero también como espacio del antagonismo y la movilización.

Las respuestas no están a la mano, aunque seguramente pasan por la redefinición de la composición tecnológica del desarrollo económico, por la utilización de innovaciones que van desde la robotización hasta el uso algorítmico de la inteligencia artificial, pero requieren de reestructuraciones políticas que las vuelvan posibles. El antagonismo del movimiento social que se fortaleció con la deslocalización y con su reivindicación de la diferencia, ahora deberá hacerse fuerte, revisando radicalmente el tenor de las nuevas condiciones estructurales de la economía y la vida social de la globalización, recuperando y reforzando las instituciones que resguardan al logos deliberativo de la democracia.

Julio Echeverria es Politólogo por la Universidad libre de Trento, Italia. Ha publicado distintos ensayos y libros sobre temáticas políticas y constitucionales, entre ellos cabe resaltar: La democracia bloqueada (1997) Sistema de gobierno y consociativismo en el Ecuador (2005); El desafío Constitucional (2006) y La democracia sometida (2018).